Ana Pavlova, la gimnasta que lo tenía todo, menos fortuna.

 

Cualquier gimnasta de élite merece un gran aplauso cuando decide retirarse, pero Anna Pavlova merece una ovación de pie. Y aunque este retiro ya lo esperábamos desde hace meses o quizá años, no deja de ser doloroso. Quienes admiramos su trabajo conservábamos la esperanza de verla resurgir y de por fin conquistar lo alto de un podio olímpico, el único lugar al que pertenecía.

Hablo muy en serio cuando digo que Anna ha sido mi gimnasta favorita en la historia. La belleza de sus líneas, la elegancia de su ejecución, la extensión de sus saltos, sus rutinas peculiares y su inminentemente porte  la hacían una de las gimnastas más completas que este deporte ha visto. ¿Quién puede combinar la dificultad, la potencia y el elemento artístico? muy pocas y Pavs era una de ellas.

La primera vez que la vi fue en los Juegos Olímpicos de Atenas. Yo tenía trece años y aún soñaba con la posibilidad de ser una gran gimnasta. Ver el trabajo de Anna me hacía desearlo todavía más.

Anna había conseguido su pase para el equipo olímpico ruso tras convertirse en campeona nacional; Era la próxima gran figura del equipo, había sido nombrada como “la princesita” y ahora tenía la posibilidad de disputar una final all around olímpica, a lado de las más grandes, pero no sólo eso, poseía el potencial de destronar o por lo menos igualar a la reina de ese momento: Svetlana Khorkina.

Recuerdo como si fuera ayer esa final. Sólo 0.225 la colocaban debajo de Zhang Nan y fuera del podio. Las cámaras internacionales se dividían en tres, ¿Qué hecho conmovía más?  ¿Carly Patterson haciendo historia, al ser el primer resultado contundente de lo que sería la era de los Karoly al frente del equipo estadounidense? ¿ El retiro de Khorkina, la gran diva que hacía que los medios internacionales se fijaran en la gimnasia o las lágrimas que condensaban los sueños rotos de Pavlova?

Fue esta última la que por algunos minutos se proyectó en las grandes pantallas de la Arena, Pavlova robaba el protagonismo por un instante, era víctima de la primera gran injusticia de su carrera y del destino, que se ensañaría con ella.

Anna Pavlova la gimnasta que lo tenía todo menos fortuna

Anna Pavlova, durante los Juegos Olímpicos de Atenas 2004

Pavs pudo reponerse a la sombra de Khorkina y al corazón destrozado que dejó esa final AA, para colgarse su única medalla olímpica individual en la final de salto. Su rostro mostraba la sonrisa más grande que jamás volvimos a ver en ella, misma, que duró poco pues un día después dejaba ir un nuevo metal al tener una pequeña, pero suficiente, imprecisión en la viga de equilibrio.

Con un 9.587 sabía que abría ampliamente la puerta al resto de las competidoras y así fue. Catalina Ponor, Carly Patterson y Alexandra Ermenia se anteponían a ella. Una medalla más negada, una gloria más que se escapaba.
Anna demostró estar hecha de acero y pese a que el resto del equipo ruso decidió retirarse, ella dio el sí a un ciclo olímpico más. Aunque los resultados para ella, de forma individual, iban surgiendo, las lesiones comenzaron a aparecer también.

Los Juegos Olímpicos del Beijing fueron para Rusia un absoluto desastre y eso incluía a Pavlova. Por primera vez, desde la caída de la Unión Soviética, el equipo ruso era incapaz de colgarse una sola medalla.
Pese a que Pavlova clasificó quinta para la final AA, las nuevas estrellas eran difíciles de vencer. No por ello, dejó de dar una de las mejores competencias que hayamos visto de ella, ubicándose séptima pero teniendo aún tres finales por delante.

Conseguir una final de viga, salto y manos libres en unos Juegos Olímpicos y tener amplias posibilidades de ser medallista en cada una de ellas, es algo que en esta época sólo podría hacerlo Simone Biles. 

Anna tenía el potencial para colgarse el metal en cualquiera de sus finales. Salto fue la primera, dos ejercicios con gran ejecución, no tendría problema en, por lo menos, conseguir lo realizado cuatro años atrás. Sin embargo un cero apareció en la pantalla, la calificación de su segundo salto le fue negada, pues lo realizó antes de que la luz de autorización se tornara verde. La segunda gran injusticia de su carrera era cometida, y con ello se esfumaba nuevamente el sueño olímpico.

Leotardo utilizado por Anna Pavlova en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000.

Leotardo utilizado por Anna Pavlova en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.

Esta vez, Pavlova no supo reponerse y cayó durante la última línea acrobática de la final de manos libres. Una caída tan dramática e inesperada como la de Karpenko o la de Zamolodchikova en la final AA de Sydney 2000.

Finalmente, su última oportunidad llegaba en viga y aunque las rivales eran grandiosas, ella lo era también. Cheng Fei, tenía la posibilidad de obtener una medalla más en casa, sin embargo su rutina tuvo varios errores, lo que abría la puerta a cualquiera.
Por su parte, Pavlova buscaba reivindicarse y demostrar de lo que estaba hecha y lo hizo. Pese a ello, un sólo y pequeño error en la rutina  le significo fue suficiente para no subirse al podio, pues esa noche, Nastia Liukin y Shawn Johnson habían realizado dos rutinas de oro.

La última final de Beijing fue tan controversial como el resto de la justa. La diferencia entre Shawn (1) y Pavlova (4) fue únicamente de .325. La brecha  de Fei y Pavlova era apenas de.050. Para muchos, aquel día, y hasta ahora, la rutina de bronce era la de Anna, pero las cosas no son tan sencillas cuando la contrincante a vencer es la líder del equipo anfitrión.

El 2008 continuó siendo un año para olvidar en la carrera de Anna. Al romperse dos ligamentos tuvo que ser sometida a una cirugía, lo que la dejaba fuera de los entrenamientos por un largo tiempo. Mientras tanto, las juveniles comenzaban a brillar. Aliya Mustafina y Viktoria Komova se convertían en las protagonistas y en la esperanza del equipo ruso.

Anna regresó a competir en el Nacional del 2010, sin embargo una lesión la llevó hasta el puesto 10 en la final AA, relegándola así al segundo equipo y después a no ser si quiera tomada en cuenta como alternante.

Pese a seguir siendo la mejor saltadora de Rusia y ser la sub campeona AA en el 2011 y quinta en el 2012, la Federación de aquel país no olvidaba el error del 2008 y de esta forma le fue fácil no darle una oportunidad más de pertenecer al equipo, haciendo público que el tiempo de Pavlova para representar a Rusia había terminado. 

Anna no tendría otros Juegos Olímpicos, por lo menos no con Rusia, así que comenzó a buscar una nación con la cual pudiera seguir compitiendo. Azerbaijan le abrió la posibilidad. Aquel país sería el anfitrión de los Juegos Europeos en el 2015 y buscaba recrear un equipo femenil, después de 17 años sin representación en esa rama.

Pavlova regresó a las competencias internacionales en el 2014, seis años después desde la última vez que lo hizo. A pesar de la larga ausencia y las pocas expectativas sobre ella, le dio la primera medalla en la historia a Azerbaijan, al ganar la plata en el Campeonato Europeo. Anna mostraba una vez más su calidad como gimnasta, pues a sus 27 años, aún era capaz de ser rival de las mejores del mundo.

Pero la buena racha no duraría mucho. Un año después, en la misma competición, sufrió una lesión que la dejaba fuera de los Juegos Europeos y del Campeonato del Mundo 2015. Pavlova perdió así la única posibilidad de clasificarse a los Juegos Olímpicos de Río 2016.

A la grandeza de Pavlova, ni la suerte ni la historia le hacen justicia. Anna se va sin un sólo oro olímpico, mundial o europeo, pero se queda en la memoria como una de las más grandes de este deporte, sin siquiera haber conocido la gloria.

Pavlova será recordada por demostrar que una gimnasia perfecta es posible. Por emocionarnos con su interpretación artística. Por su fortaleza frente la adversidad, pero sobre todo por haber hecho soñar a miles de niñas al rededor del mundo, que como yo, un día imaginaron ser tan grandes como ella.

¡Hasta siempre, reina sin corona! 

Por: Andreea Balcázar

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